Bueno, ya tengo el pasaporte. Tardó sólo ochenta y un días en llegar, y doy gracias al cielo de que no pasó nada en el camino. Unos diez días antes de que llegara –y cuando era obvio que habían pasado más de sesenta días– fui a la sede Córdoba de la Policía Federal a ver qué estaba pasando con el mismo. Ahí me encontré con una mujer que hacía ocho meses que estaba esperando el suyo. Parece que había habido problemas y se lo tuvieron que hacer dos veces. Lo peor es que todavía no tenía ni noticias del tan ansiado documento. Ante esa situación, me sentí terriblemente afortunada.
Aunque había olvidado el código de barras para preguntar por mi trámite, la visita me sirvió para recordar la dirección de la página web de la Policía Federal. Allí uno puede consultar el trámite, ingresando el número de código y el número de documento. Así que cuando volví a casa, lo hice. El resultado fue que el pasaporte estaba en impresión, y el trámite estaba al 86% (¿Cuál es el criterio para determinar exactamente el porcentaje del trámite? ¡Vaya uno a saber!). Entonces recordé a la señora que había conocido en la sede Córdoba de la Policía Federal, y me sentí doblemente afortunada.
Un par de días después volví a consultar ¡y ya lo habían entregado a OCA para que lo trajeran a Córdoba! Pensé en aquella señora, y me sentí triplemente afortunada. Sobre todo, porque recordé mi anterior salida al exterior, cuando fui a estudiar a Chile. ¡Tuve un sinfín de inconvenientes! Y terminé yéndome sin pasaporte y sin certificado de buena conducta (Pero como volví al mes a buscar algunas cosas, el problema no fue tanto). Pero ahora la historia no puede repetirse. Así que después de tantos días de espera y de “cortar clavo” porque todo estuviera bien, finalmente recibí el pasaporte. Pensé en aquella señora, ¡y me sentí la mujer más afortunada del mundo! ¡PATÉTICO!